Escribo

Y de nada sirve, lluvia, que adornes mi espectáculo, con esa gris melancolía de la que haces gala… ¡qué desfachatez!.

De nada sirve, pereza, que cargues mi conciencia, tratando de convencer de que el camino laborioso es el menos fácil…

Ni tú, tedio, que atestiguas que alguna que otra vez flaqueo como la más débil y triste de las criaturas.

Y aquel vil bellaco, el amigo y enemigo tiempo… tú que te conviertes en la coartada del cínico cobarde, aquel que no planta cara en la dificultad, para resguardarse en la vecina Excusa.. Sí. Un cobarde… que no hace acto en escena, y se esconde en la sombra de su ineptitud… de su mediocridad.

Me mofo de vosotros. De mi lado tengo la idea y la inspiración, fieles amantes en los tiempos revueltos. Espacios de lujuria no intelectual. Consejeras como Merlín para Arturo o Watson para Sherlock. No obstante, duendecillos de mala fe que siempre que uno desea que comparezcan, te dejan en mal lugar tratando de convencer de que no son una invención.

Una mota, una gota de lluvia, un suspiro, apenas perceptible para el que no es simple y llanamente sensible. Se mantiene en vilo en mí el anhelo de expresar, de contarte, imbatible y fiel contemplador que siempre aguardas al otro lado del espejo de palabras.

Ardo de gozo cuando oigo resonar en cada rincón de mi mente eso que más se usar para conseguir lo que de ti deseo. Incluso esas sorpresivas y exóticas galas de creatividad que se amotinan para no desfilar en orden, y que conspiran para arruinar la obra… pues son las más tentadoras. Soy un maestro del énfasis, pero un aprendiz de la vulgar claridad.

Quiero que llores, que rías, que te convenzas que el tiempo se detiene, y todo lo que te dedico se convierte en impulso. Un impulso en el que ambos somos partícipes. Un estado en el que lo que promulgo y aceptas, hacen olvidar tu rutina, tus preocupaciones, tus ideas… todos «tus».

¿No oyes la melodía del que improvisa? Pues no hay mejor músico que el que acostumbra a hacerlo. Y es ese mismo el que sonríe llegado el momento, en el cual discreta, pero no accidentalmente, ha embelesado y, francamente, aturdido, al espectador, mediante ese «nosequé» que ha puesto en duda el indudable raciocinio de este.

Suena música en mi cabeza mientras te explico… mejor dicho… «interpreto» para ti todo esto.
Vuela conmigo, en esta noche iluminada por infinitas luces de infinitos colores, hasta la torre que más adelante se irgue ante nosotros. Aterricemos allá donde pone «soñar» y pidamos número.