Regreso a Firenze

Supo que no estaba preparado el mismo momento en el que regresaba a ese mismo lugar.

Buscaba aquellas palabras que el paso del tiempo era incapaz de borrar, y las acariciaba, sintiendo el rugoso tacto de la piedra granito. Sentir con los dedos la inerte piedra le recordaba en todo momento de qué estaba hecho el puente que estaba pisando.

Desde ahí podía ver fluir el agua del río. El verano hacía que no destacase por su claridad… Aunque lo que la visión del fluir no regalaba, se compensaba con una agradable brisa que corría a lo largo del paseo. Pudo contemplar aquél otro puente, menos adornado, quizá menos romántico, entendiendo por romántico ese estilo bohemio y apasionado que sofoca solo de avistarlo.

Dicho puente era el prólogo de uno de los más bellos paseos pegados a la linde de un río que jamás experimentaría.
Una vez marcado otro palo al lado de esos dos nombres en tiza, resguardados en una esquina poco accesible, se levantó y decidió encaminar sus pasos hacia ese paseo a través de las elitistas joyerías.
Recordaba perfectamente aquellos arcos, redondos en su punta, y de color gris tristeza, bordeados por un tapiz vainilla sucio torturado por el paso del tiempo.
Por un momento un vértigo mortal se apoderó de él, al creer que se extendían hasta el infinito.
Se recobró, y, esquivando unas cuantas personas, avanzó el mismo número de pasos. Cada metro recorrido le hacía mirar y apreciar el río y aquél majestuoso puente de puentes que dejaba atrás.
Minutos después, llegaba al segundo y más austero de los cuatro o cinco que comunicaban la ciudad.
Los coches cruzaban sin parar. La simple valla era salpicada aquí y allá por farolas.
Parecían tener un sombrero chino, una especie de platillo de orquesta dispuesto a vibrar en cualquier momento. Al asomarse a mirar, notó que el agua no había cambiado su tono.
Poco se podía remarcar de ese sitio, excepto su vista, donde el primer puente era el protagonista.
[![](http://www.parkpalace.com/immagini/Itinerari/01/Foto014.jpg "Ponte Alle Grazie")](http://www.parkpalace.com/immagini/Itinerari/01/Foto014.jpg)
De repente se elevó en el aire, y subió a una farola. El sol se escondió, tapado por unas quisquillosas nubes que siempre están ahí, acosándole.
La gente desapareció, el calor se convirtió en fresco de primavera.
Dos siluetas apoyadas en la barandilla sonreían. Una, de pelo moreno, largo, que caía por la espalda como las hojas del más vago de los sauces llorones. Sus ojos quitaban el aliento, y su mirada robaba todo el protagonismo a aquella vista del río dejando atrás los puentes por el horizonte. A veces levantaba el viento su invisible mano, y el azabache de su cabello se convertía en la bandera ondeada de su esencia.
La otra figura le resultaba graciosa. El encanto de su sonrisa se perdía una y otra vez en miradas de complicidad con el otro ser. Resultaba cómico el efecto que unas ridículas mechas rubias daban a su aspecto.
Desde lo alto de la farola, trató de reconocer a esta segunda figura que tan familiar le resultaba, pero no creía conocerlo.
Y de hacerlo, seguramente estaría olvidado en el rincón más oscuro de su memoria.
Fotos, imágenes, recuerdos que quedaron grabados se sucedieron. Pero justo antes de que el sol volviese a aparecer y aquellas sombras del pasado se desvanecieran para la eternidad, una escena se le cruzó por la mente justo cuando bajaba flotando de lo alto de la farola. La definición de la belleza.
Un cielo gris encapotado, sostenido por un río de aguas revueltas y un puente lleno de casitas. Una valla negra y simple, vetusta y degradada. Farolas como árboles en un bosque metálico. Y aquella primera figura. El rostro de lo que quiso e idealizó, diciéndole con su, para él inmortal mirada, y sus labios más rojos que la tinta que estoy usando, que era él el que estaba disfrutando ese momento con ella, y nadie más en la tierra.
Decidió dirigirse más al este, por el paseo que continuaba por el otro lado del río. Procuró no mirar atrás en ningún momento.
[![](http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f9/2944_-_Firenze_-_Porta_San_Niccolò_-_Foto_Giovanni_Dall'Orto_-_28-Oct-2007.jpg "Porta San Niccolò")](http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f9/2944_-_Firenze_-_Porta_San_Niccolò_-_Foto_Giovanni_Dall'Orto_-_28-Oct-2007.jpg)Después de unos cuantos cientos de metros, despertó de su ensimismamiento al toparse con lo que parecía una puerta de piedra. Árboles oscuros y sorprendentemente frondosos escalaban la pequeña ladera que a su derecha se elevaba. Un pequeño parque sobresalía en lo que parecía una terraza que daba al río.
Desde hacía varios minutos el airecillo que soplaba hacía posible caminar sin preocuparse de nada. Como obligado por un impulso irracional, sintió ser arrastrado al pequeño arco que la atalaya tenía como puerta.
El paso del tiempo volvió a bajar el ritmo, que se asemejó al de los latidos de su corazón, fuerte cuando debe, pero con deslices de novato en días de diario.
El cielo volvió a vestirse de mil matices entre el blanco y el negro. Ahora desde lo alto de aquella antigüedad de piedra, pudo reconocer a las dos siluetas de antes.
Parecían las únicas personas del mundo, pero eso no les impedía reír al correr para resguardarse del violento chispoteo del caprichoso tiempo italiano. Sonrió al verles mirar el cielo desde su cobijo improvisado, los dos juntos.
En un instante cambió su posición de vidente a un banco al lado de una vieja escultura verde jade, que se encontraba en el extremo del parque.
Las dos imágenes de los jóvenes seguían allí, enfrente de él, sentados en otro banco. Abrazados por aquél frío que de repente hacía.
Hablaban, reían a carcajadas, y a veces sentían los labios del uno con los del otro, de una forma indescriptible para la imaginación de aquél que no fuese un crío tras haber oír un cuento.
Él los miraba con envidia. Comprensión pero envidia. Envidia hacia ese extraño de camisa negra y vaqueros descosidos que visitaba por primera vez aquella tierra. Empezaba a hacerse una vaga idea de quién podía ser.
[![](http://img693.imageshack.us/img693/3874/seleccin001f.png "Piazza Giuseppe Poggi")](http://img693.imageshack.us/img693/3874/seleccin001f.png)El color hizo su aparición cuando el sol le sacó de su casa el cielo, a pasear de nuevo.
Ahora estaba sentado en aquél banco donde un infinitésimo de segundo antes se habían vuelto a esfumar aquellas siluetas.
Estaba solo, y miró a su derecha como cuando uno despierta de un sueño tratando de agarrar algo irreal que el destino nos pone al alcance de la mano a sabiendas de que no nos pertenece, y así burlarse de nosotros.
Por un instante creyó ver el rastro, el aura de ese recuerdo que de repente anhelaba.
Pasaron los minutos. Apoyó sus codos en el banco, y se recostó.
Toda esa ciudad estaba siendo mudo testigo de como rogaba para sus adentros que aquella idea de mujer a la que tanto deseaba, apareciese justo delante de sus narices, por el paseo, andando solemnemente y gesticulando aquella sonrisa que tantas veces le hizo ser un poquito más feliz.
Pero no existía. Había muerto. Y aquella otra silueta había muerto también con ella.
Y de repente se acordó de quién era esa misma figura de sonrisa inocente, mechas ridículas, camisa negra y vaqueros descosidos, y se miró la palma de las manos.
La idea es inmortal, y aunque pasase el tiempo, y las cosas cambiasen una vez más, como hacen cada lapso de nuestra corta existencia, ella seguiría con él siempre, en su recuerdo.
Recogió el atillo, y como notando haber dejado algo de peso en aquél asiento al que miraba con nostalgia, se dio la vuelta para regresar sobre sus pasos a la estación de tren.
Y por supuesto, no miró atrás.